

Las excavaciones realizadas han descubierto el sorprendente pasado erótico de Pompeya con unas pinturas que adornan los restos de un prostíbulo en la ciudad romana.
Cientos de turistas hacen fila en la antigua villa romana de Pompeya, en Italia, para entrar a uno de los más extravagantes prostíbulos de la ciudad. Un edificio, de 2.000 años de antigüedad, que alberga pinturas eróticas.
El Lupanare, palabra que viene de lupa, o prostituta en latín, es considerado como una de las atracciones principales de Pompeya.
La población, ubicada al pie del Monte Vesubio cerca a Nápoles, fue destruida por una erupción catastrófica en el año 79 después de Cristo. La erupción ayudó a preservar la ciudad, permitiendo que se conocieran aspectos de la vida bajo los romanos.
En aquellos tiempos, la prostitución no era ilegal. Las trabajadoras sexuales eran frecuentemente esclavas, y muchas venían de Grecia. Algunos de sus nombres y los de sus clientes son todavía visibles, garrapateados en las paredes de los pequeños cubículos adonde las meretrices llevaban a sus clientes. Se cree que los dibujos eróticos pintados encima de cada puerta en el prostíbulo de dos pisos, sugerían la especialidad de cada prostituta. Según los arqueólogos, las mujeres del prostíbulo cobraban el equivalente en precios de la época a ocho vasos de vino tinto.
Cientos de turistas hacen fila en la antigua villa romana de Pompeya, en Italia, para entrar a uno de los más extravagantes prostíbulos de la ciudad. Un edificio, de 2.000 años de antigüedad, que alberga pinturas eróticas.
El Lupanare, palabra que viene de lupa, o prostituta en latín, es considerado como una de las atracciones principales de Pompeya.
La población, ubicada al pie del Monte Vesubio cerca a Nápoles, fue destruida por una erupción catastrófica en el año 79 después de Cristo. La erupción ayudó a preservar la ciudad, permitiendo que se conocieran aspectos de la vida bajo los romanos.
En aquellos tiempos, la prostitución no era ilegal. Las trabajadoras sexuales eran frecuentemente esclavas, y muchas venían de Grecia. Algunos de sus nombres y los de sus clientes son todavía visibles, garrapateados en las paredes de los pequeños cubículos adonde las meretrices llevaban a sus clientes. Se cree que los dibujos eróticos pintados encima de cada puerta en el prostíbulo de dos pisos, sugerían la especialidad de cada prostituta. Según los arqueólogos, las mujeres del prostíbulo cobraban el equivalente en precios de la época a ocho vasos de vino tinto.
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